por Hector Mora
A veces tiene uno que entrevistarse con gente infame para conseguir trabajos que ya en la práctica resultan abominables. Uno se pregunta entonces si valió la pena el haber pasado todo ese tiempo esperando en las hostiles oficinas de recursos humanos a que se le diera la gana a un cabrón recibirte para hacerte preguntas que a menudo rayan en lo intimidatorio; preguntas como: ¿te consideras apto para el puesto? Por supuesto que respondía que si. ¿Por qué debería contratarte? Y venía entonces la mirada escrutadora que me hacía sentir con las entrañas a la intemperie. Entonces me asaltaba un bloqueo y solo podía balbucear cualquier tontería que se me viniera a la cabeza, obviamente que el entrevistador o entrevistadora en turno notaban de inmediato mi indefensión ante tales cuestiones y la entrevista terminaba con el acostumbrado “nosotros le llamamos”. La llamada nunca ocurría y el peregrinar continuaba. La gente que estructura las entrevistas de trabajo debería tomar en cuenta ciertos aspectos humanos creo; es totalmente hostíl que te hagan preguntas capciosas, no todos tenemos la agilidad mental para responder a ellas, por lo menos yo no la tengo: cuando estoy en una entrevista de trabajo siempre me siento vulnerable y eso no ayuda en nada. Alguien me dijo una vez que tenía que mostrarme seguro de lo que estaba diciendo, pero por más que lo intente no podía lograrlo. A veces, solo a veces, he tratado de entender cómo funcionan esos asuntos; se que las empresas necesitan seleccionar a sus candidatos en pos de sus intereses, tal vez si yo me encontrase en una situación así también me mostraría hostil ante alguien visiblemente atribulado y trataría de deshacerme de él lo más rápido posible y dar paso a alguien más exitoso o que quizás mintiera un poco mejor.
Pensaba en estas cosas hace días mientras oía hablar a dos tipos que con ostentosa pedantería me explicaban el motivo de su visita. Estoy trabajando en un restaurante en un poblado de Michoacán donde estoy haciendo un cambio de menú. Conozco bien esta región porque he trabajado en otras ocasiones por aquí; el poblado esta a algunos 50 km de Cotija, lugar de donde procedían esas dos personas de las cuales he olvidado sus nombres. Ellos venían de las instalaciones que tienen los Legionarios de Cristo en ese lugar. Me dijeron que tienen un comedor en donde reciben a los pederastas, -perdón, a los legionarios que vienen de todas partes del mundo-, y querían que hiciera menús “adecuados” para ellos y que además capacitara al personal que tienen ahí para la ejecución de los mismos. Dijeron que alguien me había recomendado con ellos y que ahora querían saber qué tipo de experiencia tenía en el ramo; me preguntaron en cual escuela me había graduado, que si había hecho viajes al extranjero, que si tenía una maestría en no sé qué chingados: les dije que he trabajado en esto por años y que no tengo ningún título ni maestría en nada. Uno de ellos, gordo y de rostro lascivo como Hermann Goëring me miró de arriba abajo, me dijo que sin un titulo no podían contratarme. El otro, de peinado relamido como Joseph Goebbels, lo secundó explicando argumentos que consideré innecesarios. Me pidieron entonces que les hablara de los lugares en donde he trabajado, pero me negué a hacerlo ¿Para qué? Yo no les estaba pidiendo trabajo, se los recordé. La sola mención de la institución a la cual representaban me provoca nauseas y sentí que no tenían derecho de venir al lugar en donde estoy trabajando y donde por cierto no me piden títulos de nobleza, a cuestionarme y menos de una manera tan pedante. Hermann Goëring hablaba como si todavía existiera la luftwaffe y Goebbels exaltaba la importancia de su institución haciendo gala propagandística. No puedo encontrar a dos personajes más idóneos con quienes comparar a estos dos tipos: Dios los hace y solitos se juntan. Debo ser honesto y confesar que por un momento me atrajo la idea de hacer algo nuevo; a la hora de cocinar soy totalmente laico y disfruto haciéndolo, no importaba que fuera para una abominable institución religiosa como los legionarios, pero luego de intercambiar palabras con ellos me di cuenta de que estábamos en bandos totalmente distintos, ellos al igual que muchas empresas aprecian mas los títulos de las escuelas que la experiencia: papelito habla. Algunas veces he trabajado con gentes que son graduados de escuelas gastronómicas; en algunas charlas algunos me contaban la forma en cómo son dadas las clases, los exámenes y cosas así. Una vez un compañero me contó que su examen final había consistido en un menú de tres tiempos. Me sorprendió mucho que uno de esos tiempos se había basado en una espuma de pastillitas de menta, halls, ¿Es verdad eso, hiciste una entrada aplicando esa mierda y te calificaron bien por eso? Sí, me dijo con una gran sonrisa. Me imaginé entonces a esos estudiantes jugando en las cocinas-laboratorios, con juguetes como sifones, nitrógeno y demás. Vaya, yo trabaje años en hoteles en donde los “exámenes” eran horas interminables de trabajo rudo en la cocina de banquetes; todavía recuerdo como me lastimaba los ojos la luz del sol cuando salía del hotel luego de haber pasado días encerrado ahí, durmiendo las pocas horas que podíamos dormir en las bodegas de loza. No teníamos otra opción ya que no nos podían dar una habitación porque el hotel se encontraba lleno. Yo pertenecía a la brigada de banquetes de Fiesta Americana Guadalajara. Eran los tiempos en los que Carlos Salinas nos hacía creer que el pujante México iba derechito al primer mundo, era el país anterior a la crisis del 94, no había tantos hoteles entonces en Guadalajara, tampoco existía la Expo y Fiesta Americana acaparaba gran parte de las convenciones empresariales, graduaciones, bodas. Por tanto la cocina de banquetes era una de las más congestionadas, llegando a atender hasta 3000 personas en un solo día. En temporadas clave, era necesario pasar los días enteros ahí, si tenias un desayuno, una comida y una cena y al amanecer otro desayuno, inevitablemente tenias que quedarte porque resultaba poco práctico irte a casa después de servir la ultima cena a las doce de la noche y regresar antes del amanecer para tener listo el desayuno. Era muy joven entonces pero aun y así el cansancio se sentía luego de varios días con ese ritmo: había momentos en los que perdía el sentido del tiempo, las horas eran tan relativas, algunas veces transcurrían muy rápido y otras muy lentamente, pienso ahora que la relatividad de Einstein no solo tiene que ver con el espacio y el tiempo sino también con nuestras emociones, o más bien estás son subordinadas del mismo. Bueno ese es un tema que no comprendo bien y no quiero decir disparates; estoy seguro que en Monterrey hay gentes que saben de lo que estoy hablando, sé que hay gente a la que le ha tocado trabajar de esa manera. Y esa fue su formación en la cocina y quizás eso ya sea cosa del pasado. El caso es que en ese tiempo había muy pocas escuelas gastronómicas y no se había puesto de moda ser chef; ahora todo mundo quiere serlo y muchos creen que pueden serlo olvidando que para esto se necesita una verdadera vocación y no un papelito que te acredite como tal.
Goëring y Goebbels se fueron esa tarde decepcionados de no haber encontrado al tipo indicado: quizás debieron ir al ICUM donde de seguro si lo encontrarían. Por mi parte se supone que me debía sentir frustrado, pero un alivio se apoderó de mí al verlos salir por la puerta.
Me regresé de nuevo a la cocina: el fuego de las parrillas me estaba esperando.
1 comentarios:
bueno pues yo pongo el primer comentario: buenísimo.
Mora: vas que vuelas para publicar unas memorias. Como quiera déjame platicar con los Legionarios de aquí a ver si te dan jale; de seguro y te contratan.
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